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Carlos Bonilla

El pez por su boca muere

Aunque los estudiosos no han definido el momento en que el refrán comenzó a utilizarse, según el académico, filósofo y ensayista español, Julián Marías, la frase completa en castellano sería "por la boca muere el pez y el hombre por la palabra"

El pez del refrán nos recuerda que el éxito de la pesca depende de su descuido; por no advertir el peligro, abre la boca para morder el anzuelo, y esa es la causa real de su perdición. La sabiduría popular evoca situaciones o errores a través de esta analogía. El refrán de marras enseña que quien habla más de lo necesario se delata o se mete en problemas a causa de su indiscreción.

“Por la boca muere el pez es un dicho con múltiples implicancias relativas al acto de abrir la boca para hablar o para ingerir algo que luego se vuelve en nuestra contra, picar un anzuelo, ‘meter la pata’, comer con glotonería y enfermarse”, se lee en Wikipedia.

Aunque los estudiosos no han definido el momento en que el refrán comenzó a utilizarse, según el académico, filósofo y ensayista español, Julián Marías, la frase completa en castellano sería “por la boca muere el pez y el hombre por la palabra”.

En la mayoría de los casos, los “autogoles” de quienes hablan en público ocurren durante los discursos improvisados, en los que generalmente la verborrea se adelanta a la reflexión, ocasionando los consabidos tropiezos. Este trastorno del habla, también conocido como taquilalia o logorrea, se caracteriza por la producción excesiva de palabras, a menudo acompañada de una disminución en la coherencia y claridad del mensaje.

Se atribuye a William Shakespeare la idea de que la mejor improvisación es la que se prepara. El escritor, orador y humorista estadounidense, Mark Twain complementó esta paradójica reflexión diciendo que para un buen discurso improvisado se necesitan más de tres semanas de preparación.

Lo anterior viene a cuento porque los consultores en comunicación aconsejamos a quienes hablan en público que antes de lograr suficientes “tablas” para ello eviten la improvisación y se basen invariablemente en un texto escrito o bien en un guión que contenga las ideas principales a comunicar.

Quien no sigue la recomendación de meditar y así cuidar lo que dice es el presidente López Obrador, quien en cada día hábil se expone públicamente durante -en promedio- dos horas, para responder a preguntas -preparadas o no- de reporteros o paleros.

Por muchas tablas que haya acumulado el mandatario, es evidente que ha perdido el control sobre sí mismo, pero también sobre la conversación pública, la cual dominó durante cinco años.

Varias de sus recientes respuestas o afirmaciones públicas dan cuenta de ello, si se considera la trascendencia y las repercusiones que han tenido.

Da la impresión de que AMLO a veces no tiene conciencia de su investidura y del impacto de sus dichos. No es lo mismo afirmar algo en una charla familiar, en una conversación con amigos que en la máxima tribuna pública del país. Recientemente ha sido rebasado por su verborrea, prepotencia, agresividad y tal vez de un trastorno explosivo intermitente.

Los dichos del mandatario han desencadenado -con mayor frecuencia en fechas recientes- escándalos en la opinión pública. Hay quien dice que, en política, el escándalo es una de las formas de la decadencia. En la mayoría de los casos provocados por su diarrea verbal, quiero pensar, porque algunos de ellos no se esperan de una persona en sus cabales ni de alguien en un cargo de esa responsabilidad.

El hashtag de narcopresidente, que él mismo ha contribuido a mantener en la conversación pública, ya cumplió un mes entre los de mayor impacto. La exhibición pública que hizo de Arturo Zaldívar como un sirviente personal cuando tenía la responsabilidad como presidente de la SCJN, muy probablemente se debe a una frase irreflexiva, sin el sentido que tomaron sus detractores, pero se convirtió en una de las declaraciones más escandalosas del sexenio.

La inmensa difusión que le dio a un trabajo del New York Times que no se había publicado y en el que se mencionan supuestas donaciones del crimen organizado a la campaña presidencial de 2018 fue consecuencia de una reacción pública iracunda, impensada. En ambos casos se creó sus propias crisis. Algunos dirán que ello obedece a su costumbre de dar relevancia a algunos asuntos para distraer la atención de la opinión pública de otros de mayor relevancia, pero en estos casos más bien parece una estrategia suicida.

La respuesta a la solicitud de un medio informativo -especialmente de la importancia del New York Times- es un asunto que debe discutirse largamente, en corto, con asesores especializados y no reaccionar con insultos e ironías, profundizando en esa forma la animadversión del poderoso medio.

El presidente, en el ocaso de su gestión, insiste, todos los días, en ser el protagonista de todo. Sigue jugando con fuego, pero ahora también involucra a actores externos. Parafraseando el refrán, habría que ser prudente, para evitar que “el peje por su boca muera”.

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